Un alma, y de los XV


Salimos con la cabeza alta a un partido ante un equipo objetivamente mejor que nosotros. Salimos orgullosos de juntar a cincuenta o sesenta personas en una grada con asientos de plástico dispuestas a sufrir una tarde de golpes, pero deseosa también de ver a su equipo luchar. Salimos al campo orgullosos de la cigüeña de nuestro pecho a la que, cuatro meses antes, esos mismos rivales pisotearon, machacaron, defenestraron y humillaron con un marcador de 90-5. Pero eso no era parte de lo que teníamos en la cabeza.

Ese orgullo nos dio valentía y fuerzas para demostrar que éramos capaces de superar aquello que hacía unos meses nos destruyó la moral y nos llevó a una depresión de equipo monumental. Y ese mismo orgullo llenó el alma vacía de un equipo que quería más. Por encima de las capacidades técnicas, tácticas y físicas del equipo estaba la firme creencia de que en cualquier jugada se podía llegar a la línea de ensayo de aquel que había sido un muro infranqueable. Y eso es lo que convierte a quince personas individuales, incapaces e impotentes de rugby verdadero, en un equipo con un alma propia.

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