Se podría decir


Se acerca el ingrato momento de dar mi (nuestra) confianza a un conjunto de nombres empapelados que ni me (nos) conocen y que yo (nosotros) no conozco (conocemos) con el cometido de representar mis (nuestros) intereses. Resulta gracioso. Mucho, además. Representación significa poder. Representación significa dinero. Representación significa trabajo remunerado (cosa que 4 millones de españoles representados no tienen…). Representación significa que 350 congresistas, 255 senadores y sus asesores, equipos y ayuda de cámara (nunca mejor dicho) correspondiente vivirán de mi (nuestra) posible decisión de el domingo 26 de junio.

Se podría decir que no nos han contado lo que quieren de este país. Bueno, sí lo han hecho. Unos con una carta a los superiores del extranjero. Otros disfrazando el mensaje en palabras bonitas. Otros con vídeos que despiertan el alma, y los de más allá con chistes y canciones vacíos. Esta etapa se ha denominado como “Nueva transición”, tiempo de cambio, punto de inflexión… Todo esto será en vano si la política no cambia de manera efectiva. En nuestros días se mueren de hambre, con enfermedades y analfabetos los mismos de siempre: el 99% más pobre. Y dicen querernos representar con campañas multimillonarias… Me da vergüenza que se lo permitamos.

No quiero ser el pesimista, desencantado y cenizo que se ciega siempre que puede con las malas opciones. Yo tengo ilusión. Creo que hay cambios posibles. Pero tengo la ligera impresión de que no todo va a ser ta naranja ni morado como queremos. A menos que hagamos nuestra la política. Nuestra de verdad. Nuestra nuestra. Sin carteles electorales, vídeos, coletas, sonrisas, camisas remangadas ni trajes caros (¿regalados?). Se podría decir que no decimos nada. Porque no queremos.

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Mi bandera


Todavía no sé quién soy. Sé qué tengo. Sé lo que quiero. Pero no sé quién soy. Algún conocido me diría que no tengo bandera. Que al no saber quién soy no puedo mostrar algo que me represente. Es un gran analista, entiende las causas. Quizá, incluso, tenga razón.

En cambio, me niego a quedarme ahí. Un buen analista podrá decirme las causas de lo que soy, pero ni el mejor profeta puede anticipar mis consecuencias. Ni que yo fuera un batiburrillo de incongruencias palpables y actividades desenfrenadas. Bueno, y, aunque lo fuera, eso no es lo que me representa. Quiero tener mi bandera.

Mi bandera no será blanca: puedo perder, pero no seré un derrotado. Mi bandera no tendrá un escudo en medio. Los escudos representan aquello que sobrevive a todo (incluso a lo que destruye la bandera), no cambian a lo largo del tiempo, y yo sí que cambio.Mi bandera no tendrá ribetes, encajes, pompones ni lentejuelas que la adornen: soy lo soy, no lo que me acompaña y me rodea. Mi bandera no tendrá un mástil ni un bordón que la hagan parecer más alta de lo que es. Mi bandera irá colgando de los hombros del que quiera atársela al cuello, o volará y flotará en el viento y el agua libres.

No sé cuál es mi bandera, pero sé lo que no tiene. No sé quién soy, pero sí quién no soy.