Mi bandera


Todavía no sé quién soy. Sé qué tengo. Sé lo que quiero. Pero no sé quién soy. Algún conocido me diría que no tengo bandera. Que al no saber quién soy no puedo mostrar algo que me represente. Es un gran analista, entiende las causas. Quizá, incluso, tenga razón.

En cambio, me niego a quedarme ahí. Un buen analista podrá decirme las causas de lo que soy, pero ni el mejor profeta puede anticipar mis consecuencias. Ni que yo fuera un batiburrillo de incongruencias palpables y actividades desenfrenadas. Bueno, y, aunque lo fuera, eso no es lo que me representa. Quiero tener mi bandera.

Mi bandera no será blanca: puedo perder, pero no seré un derrotado. Mi bandera no tendrá un escudo en medio. Los escudos representan aquello que sobrevive a todo (incluso a lo que destruye la bandera), no cambian a lo largo del tiempo, y yo sí que cambio.Mi bandera no tendrá ribetes, encajes, pompones ni lentejuelas que la adornen: soy lo soy, no lo que me acompaña y me rodea. Mi bandera no tendrá un mástil ni un bordón que la hagan parecer más alta de lo que es. Mi bandera irá colgando de los hombros del que quiera atársela al cuello, o volará y flotará en el viento y el agua libres.

No sé cuál es mi bandera, pero sé lo que no tiene. No sé quién soy, pero sí quién no soy.

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